sábado, 16 de mayo de 2009

Canción (tonada)

Quisiste tocar el sol
con la punta de tu dedo
y coloerar las nubes
con el tinte de tu pelo
pero un árbol te convirtió
en un pájaro del viento
en un pájaro del viento


vuela loca linda ojitos de mapache
ruta a las estrellas a la libertad
píntale al cielo todos los planetas
pinta los rayos del sol


Tonada entristecida
echo al viento pa reir
para que en mi ventana
tu luz se pueda sentir
y mi jardin de flores grises
brille y cante para ti
brille y cante para ti

pajarito fuxia multiplanetario
vuela a las estrellas de la libertad
pinta rojo el cielo y todos sus planetas
pinta los rayos del sol.

viernes, 15 de mayo de 2009

Asalto

Como si mirara una película, imaginaba una y otra vez sin descuidar ningún detalle el plan que durante 1 mes de reuniones clandestinas habían craneado con sus dos mejores amigos. Su misión era entrar al banco 10:30 de la mañana, hora. en la que Marco y Lorena ya estarían dentro de él. Pistola en mano acercarse a la caja atendida por una rubia de párpados envetunados en sombra color calipso, labios gruesos pintados color fuxia y colgada al cuello una una virgen de oro que se perdía en la profundidad de su escote. La cajera, de nombre victoria, tenía acceso a la caja fuerte en la que el primer viernes de cada mes había una suma importante de dinero que apesar de las investigaciones previas nunca lograron precisar, pero estimaban que era cercana a 500 millones de pesos.

Victoria no era un obstáculo, sino cómplice de la operación, su misión era simular ser asaltada, abrir la caja y entregar el dinero. En principio parecía fácil, pero luego del asalto, debía soportar un sin fin de interrogatorios, y lo más dificil guardar el secreto sin levantar sospecha alguna

Cuando se bosquejaban los primeros diseños de plan, Roberto sostuvo, y hasta la última reunión, la idea de que victoria debía escapar con ellos. Pero habían dos inconvenientes; el primero era que en el banco existía pleno registro de su identidad, y mucho más. El segundo era que no iba a aceptar de ninguna manera la ejecución del plan B. El plan B se hacía valer en caso de que la captura fuese inevitable. En ese instante la instrucción era dejarse atrapar pero 10 segundos antes detonar la granada que cada uno llevaría consigo. Con ello poner un explosivo fin a su desapercivida pasada por la dimensión de lo con vida.

Roberto imaginaba sin poder alcanzar nunca el sueño el peor desenlace del asalto. Que más daba morir, despues de 78 mudos años, asimilables a un eterno letargo, prisionero de la exesiva comodidad de su hogar, de la sobreprotección de sus padres, y luego de su esposa, que un insólito día decidió embarcarse en un viaje de paradero desconocido y sin ninguna intención de regreso. Roberto loco de soledad encontró compañía en el alcohol, y en interminables noches de borrosos recuerdos, conoció a Marcos y Lorena, dos argentinos, que llegaron al país arrancando de un fracasado secuestro que se escapó de las manos y terminó con la muerte de un empresario argetino.
Así roberto pasó sus últimos 20 años escuchando tardes enteras anecdotas narradas por Lorena, cuentista por exelencia, que siempre, a petición de roberto, lo incluía como un personaje más de la historia.
Roberto en una noche de locura y euforia sin control ni de sus pensamientos ni de sus acciones, parado sobre una mesa en una cantina clandestina, concentrando en el toda la atención de los borrachos que frecuentaban el lugar, alzando una botella como si colgara de ella, prometió no abandonar esta vida sin antes experimentar las sensaciones de conspiración, escape, disparo, clandestinidad, como si protagonizara una de esas tantas historias que Lorena le contó.

Suena el despertador y de un salto roberto despierta de una mezcla de sueño, pensamiento y realidad, pués mientras mas avanza la edad, menos puede separar los sueños de la realidad, y ya no sabe si lo que piensa lo sueña, o si lo que sueña lo vivió. Escoje el mejor terno para su actuación, más limpio que nunca y perfumado con sutileza, pistola y granada.
Entra al banco, se mira con lorena que finge rellenar un formulario en el mesón. Se acerca a Victoria que intenta disimular, pero de lejos se percibe su incontrolable temblor que hace sonar las joyas que cuelgan de sus muñecas, roberto saca la pistola y la mira con una pequeña sonrisa, queriendo entregar un poco de tranquilidad. Los cajeros se alteran al ver la pistola, y antes de cualquier reacción victoria levanta el brazo pidiendoles calma y silencio. El guardia se percata, Marco lo toma por detras y pega la punta de su pistola a la cien del guardia. Todo sucede con rapidez. Roberto envuelto en una extraña calma, apunta a los cajeros mientras victoria abre la caja fuerte y pone en una bolsa negra el dinero. La primera etapa del plan ha sido concretada con éxito, roberto toma la bolsa y la levanta indicando con ello, el comienzo del segundo acto. Entonces lorena alza su pistola al cielo, como si quisiera disparar al sol, y sonriendo jala el gatillo. La gente gritando abandona de manera caótica el local. Roberto a modo de escape, y tal como lo habían planeado, se deja atrapar por la corriente de gente y gritando con ellos, abandona de los primeros el banco. Lorena dispara una vez más y guardando la pistola en su cartera abandona el banco, marco luego de herir en la pierna al guardia sale del banco y toma el taxi que lo llevaría hacia el aeropuerto. Roberto camina a paso rápido 2 cuadras hacia el norte, y se encuentra con la policia, lo persiguen, siente miedo, ya no estan sus compañeros, ya no hay plan, comienza la improvización. Saca su pistola y tras un auto comienza a disparar a quema ropa a los policias, y los obliga a esconderse trás un poste del alumbrado público. La pistola de roberto tenia 6 balas y ya había disparado 4 sin herir a ninguno de los dos policías, piensa entonces que es posible escapar. Comienza a correr agachado tras la hilera de autos estacionados a un costado de la calle, entra en un edificio que tenía 3 salidas alternativas, según lo planteó lorena que tenía un antiguo enamorado en el departamento 21 proponiendolo como un posible escondite, descartado rápidamente por las vinculaciones de este con ejecutivos bancarios. La policía lo persigue muy de cerca, pués con la edad no alcanza la velocidad con la que lorena lo hacía correr en sus historias, se siente cansado, quiere detenerse, comienza a oler el final, la muerte se abre como una salida más del edificio, toma la granada en su mano e intenta controlar su agitada respiración. Siente las voces de los policías, estan cerca, pero se demoraran un momento en encontrarlo, así roberto decide sentarse a esperar su captura, y de paso su final o quizas su comienzo. Hasta ese entonces roberto había especulado en un sinfin de vidas, después de esta. Se imaginó organillero, se imaginó cocinero, revolucionario, pobre, mujer, entre muchas más. Pero cualquiera hacía de la muerte un deseo, como un final dramático y un comenzar otra vez, pero de otra manera.

Chocolate caliente

Quedamos hoy a las 7 de la tarde en el café de siempre. Allí peleamos por primera vez en una noche de catarsis en que ella con sus mejillas bañadas en desconsolado llanto empuñaba el revolver de la descalificación y sin reparo disparaba directo a mi pecho balas bañadas en dolor, que penetraban lentamente para albergarse en él, provocando la incontrolada reacción corporal de votar una mezcla de pena y culpa en forma acuosa por los lagrimales de mis ojos. Desde ese día hasta hoy, cada vez que necesitamos limar alguna aspereza en la relación acudimos a ese café, previo requisito de luna visible de día viernes, que según ella, en caso de que llegasen a faltar palabras bastaba con mirar fijamente la luna hasta encontrar el texto preciso que reflejara plenamente el sentir. Lo de día viernes era porque así teníamos un fin de semana completo para descansar después de esas agotadoras jornadas y volver renovados al trabajo de día lunes. Pero, ese día era distinto, yo estaba decidido a terminar después de 2 años esta siempre intensa e incompatible relación.

Ana era una apasionada poeta, yo era un apasionado ingeniero y juntos nos estorbábamos en la mayoría de las cosas, pero por alguna extraña razón nos amábamos sin límites. Hacía dos meses que yo tropecé con otra mujer, que me impedía concentrarme en las agitadas noches con Ana, y que luego se aparecía como protagonista de interminables sueños eróticos, que me obligaban, las veces que Ana me lo permitía, repetir las coreografías nocturnas en formatos reducidos y matinales antes de partir al trabajo.

En el trabajo me encontraba con Sara, una alumna del curso de experimentos sonoros, con la que llevábamos juntos en el laboratorio un experimento, que terminaba por ocupar mi cabeza por completo, no dejándola descansar nunca más. Sara era todo lo contrario a Ana, de partida era morena, color chocolate a veces confundible según la fuente lumínica con el color vino, pero sus labios independiente de la iluminación conservaban siempre ese color. Nunca pude comprender si me gustaban más sus formas y colores, o el dejarme atrapar por su infinita imaginación que constantemente me invadía con ideas nunca escuchadas y que ante cualquier receptor sonaban impracticables. Sin embargo, por alguna razón al escucharla me hacían absoluto sentido, quizás era que compartíamos esas ganas de desafiar lo establecido, algo típico de joven púber con sueños revolucionarios. Según Ana, pasada la pubertad los sentimientos de rebeldía, motor de la revolución, quedaban olvidados y de no ser así era un aviso explícito de que faltaba aún madurar.

Ese viernes salí como de costumbre tarde del trabajo, pero ya había pensado, mientras Sara me acariciaba completamente mi espalda con sus dedos largos e inquietos, cual sería el cuento que esa noche iba a recitar, incluso lo practiqué frente al espejo del baño excepto la parte final en la que Sara me interrumpió para sumergirnos en 1 hora exacta de acaloradas caricias acompañadas de inacabables y clandestinos besos que terminaban por adormecerme los labios como para no necesitar nunca más hablar.

Una estación antes de llegar al café comienzo a sentir el peso de la mentira, manifestado en una mezcla de nervios y ansiedad, que intentaba olvidar, desquitándome contra mis uñas ya casi extintas. Estación Grecia, se abren las puertas del vagón, bajo apresurado, voy con 5 minutos de retraso, subo corriendo las escaleras con lo que la temperatura promedio de mi cuerpo aumenta de forma excesiva, salgo de la estación y miro hacia el cielo, la luna expectante y luminosa espera ansiosa el comienzo de la función. Entro al café; Juan, mozo cómplice durante dos años de nuestras crisis, me indica disimuladamente que me apure. Ana había llegado 10 minutos antes y ya iba en el tercer chocolate caliente y en el décimo cigarrillo. Saludo a Ana intentando parecer tranquilo, pero contra Ana es difícil mentir, a pesar de que no me dijo nada, sé que me notó más nervioso que cualquier día, entonces fui al baño para repasar el cuento una vez más. El cuento decía, en resumen, que me iría de viaje hacia el norte sin destino fijo y sin regreso planeado. Si le contaba de Sara seguro caería en una profunda crisis de pánico, que luego se convertiría en un horrible estado de depresión bipolar, que la llevaría indudablemente a la muerte, pues esta vez no estaría yo para detenerla a tiempo.

Vuelvo del baño listo para iniciar el relato, pero una lágrima escapa de su ojo derecho y resbala a gran velocidad por su mejilla estrellándose sobre su blanca mano que tiritaba a un costado de la taza de chocolate. –ya lo sé, tienes otra mujer- me dice prendiendo el onceavo cigarro, yo la miro mudo como esperando que de pronto en el suelo se abra un agujero bajo mi silla seguida de un tobogán de forma espiral por el cual resbale con rapidez para caer acostado en la cama de Sara y poder cobijarme en la oscuridad de su largo y silencioso cuello. Miro la luna a ver si encuentro allí algún escape, imagino que me elevo hacia a ella atraído casi magnéticamente por su luminosidad, pero la mano fría de Ana me toma y me devuelve de un violento tirón al escenario real, yo sentado inmóvil frente a ella que llora extrañamente con absoluta calma. Le hace un gesto a Juan quien me sirve otro chocolate, que sin demora comienzo a tomar, Ana me mira, me acaricia mientras termino en 3 sorbos de tomar el chocolate, esta vez con merengue y más dulce que de costumbre. Ana comienza a acercar con ímpetu su cara hacia la mía como queriendo chocar inelásticamente contra mis labios, sobrepasando el obstáculo de la mesa que nos mantiene distantes. De a poco nuestros cuerpos se van acercando y con la absoluta complicidad de Juan y la luna nos besamos como sabiendo que nunca más lo volveríamos a hacer. Su respiración es intensa, siento que me mancha con su olor característico mezcla de cigarro, perfume, y chocolate que jamás podría olvidar.

Ana no para de besarme, lo hace ya con excesiva fuerza, comienza a lastimarme, yo comienzo a sentirme mal, siento ganas de vomitar, la empujo con fuerza y cae sentada en la silla, respira profundamente como si no quisiera volver a exhalar, cuando entonces por la ventana aparece Sara que al verme entra al café. Intento mover los brazos rápidamente de arriba hacia abajo a ver si logro elevarme como un pájaro y arrancar volando por la ventana del segundo piso, Juan salta tras la barra y coge una pistola, apunta a Sara quien se queda inmóvil, pidiendo a gritos mi auxilio. Ana aún llorando se acerca a Juan, Juan la toma de la mano y la abraza sin dejar de apuntar a Sara, Ana se siente cobijada, y se esconde en su cuello. Sara tirita, me acerco a ella a ver si sobre Juan pesa un arrepentimiento, pero su brazo no vacila y dispara. Vi la bala salir del tubo de la pistola y volar como en una secuencia fotográfica directo hacia el cerebro de Sara que penetrado por la bala reventó sobre mi ropa, induciendo en mí el vómito que de hace un rato me amenazaba.

Envuelto en un llanto descontrolado, loco de pena abandoné el café al que prometí nunca más volver, la luna no me dejó de alumbrar durante todo el trayecto a casa a la que Ana nunca más volvió.

jueves, 7 de mayo de 2009

Cartas a smith. (giros-hacia la carga)


De un tiempo a esta parte, pareces estar extraviado, parado sin saber en cuál de todos los círculos de siempre, parado sin saber cómo ni donde ir, y no habiendo respuestas, te aventuras por cualquiera, sin poner atención a tu sentir, como si fuesen ríos sobre los que te dejas llevar, sin preguntarte que peces trae, o como no queriendo sentir el agua fría y el golpear de las piedras en tu cuerpo.
Y es que las cosas no son tan simples como seguir el curso del azar, pues eso es desaprovechar un cerebro, y en tu caso eso es un poco mucho. Entiendo, después de largas conversaciones, que a veces un excesivo razonamiento sobre cuestiones mas sentimentales te hace girar sobre caminos ociosos de trayecos símiles.

Recordaba ayer, el día en que borrachos volvíamos a casa, el mismo día que festejamos el cumpleaños de Vitalia y del que nos echaron por bailar juntos y abrazados en el centro del lugar como un florero vanguardista que nadie pudo mirar con buenos ojos, sobre todo Noelia, tu novia y alumna preferida del curita Bartolo, que era sin duda la más ofendida. Al salir arrancando de la tropa de homofóbicos que venían persiguiéndonos al grito de ¡maricas!, Noelia nos tiró una botella llena de ron que tu supiste muy bien atajar. Corrimos rápido y doblando en cada esquina para poder perderlos, bastaron 4 vueltas y algo así como 6 cuadras, según tus estimaciones casi maniáticas de contabilizarlo todo, abrimos la botella y la tomamos completa y pura. No me acuerdo cuanto después, ni después de que, vimos a lo lejos un campamento gitano explotado en fiesta. No dudamos en acercarnos, a pesar de todo lo que el cura Bartolo decía de los gitanos, incluso esa era razón de sobra para acercarse, ese infinito placer de hacer lo contrario a sus consejos y convencernos una y otra vez de su sin razón. Fuimos bien recibidos, comida, alcohol, música, y bellas mujeres, ¡que bellas mujeres!, blancas, pintadas, sonrientes, de ojos apasionados, de anillos, collares, aros, y cuanto adorno metálico se pudiera tener. Nunca las olvidé, y ni siquiera nos atrevimos a hablarles. Más tarde ellas dedicaron a los hombres un baile, que nosotros presenciamos sentados en muy primera fila, las mujeres bailando a menos de un metro, y la banda tocando tras nosotros. Justo sobre mi cabeza se habría el fuelle del acordeón, nunca imaginé que ese piano cuncuna pudiera sonar tan fuerte, quizás era un acordeón también enamorado de todas esas mujeres, y que a punta de agua ardiente les gritaba melodías para moverlas.
En eso unas 10 camionetas a gran velocidad llegaron al lugar, eran policías, salieron de sus autos y desenfundaron sus pistolas, todo el mundo arrancó a sus carpas, salvo 4 gitanos que se enfrentaron a ellos, comenzó una balacera, corrimos a distintas carpas, yo me fui tras una morena ofreciendo de todas las ayudas, hasta le pasé mi chaqueta mientras corríamos, como si fuese un impedimento al penetrar de las balas, pero bien, era una buena excusa para tocarla, o volver otro día por ella, y quizás algún agradecimiento especial, quien sabe. Tú no corriste conmigo, corriste seguro tras otra gitana, pero no te acuerdas siquiera si corriste. Comencé a buscarte carpa por carpa, hasta que te encontré, tirado en el suelo y rodeado de 4 gitanas, una de ellas muy vieja, te miraba con ojos clínicos, seguro era una curandera, y decía unas palabras en gitano que nunca supe descifrar. Siempre que veía a un gitano le preguntaba que significaban, y me respondían que esas palabras, no existían. Estabas ensangrentado, una bala te había dado por la espalda, esa policía tan experta en disparar a las espaldas, te había dado certero, estabas preocupado, no entendías nada, y sentías una desesperación por entender, sabiendo que no había explicación que valiera tranquilidad, sabiendo que estaba todo mal, pero no entendiendo precisamente qué estaba mal, y entonces, no sabiendo qué hacer. Me miraste como un perro, esperando leer en mi alguna respuesta, fuera un que o un como, fuera un donde y a que, fuera un abrazo, o una sonrisa, una confianza, un grito. Me miraste acostado y ensangrentado, sin posibilidades de moverte, me miraste desorientado sin saber que hacer, tus ojos estaban miedosos, nuca los había visto así, y sin embargo sabía sin dudas que así lo era, estabas echo miedo, pero no lo sentías, ni siquiera lloraste, ni gritaste, simplemente estuviste quieto esperando que el cielo te diera una nube, incluso esperaste a dios, sabiendo siempre que no existía, incluso esperaste a que los árboles del bosque te vinieran a buscar para ponerte en sus raíces cumpliendo tu sueño de volverte tierra negra, húmeda y fértil.

Así mismo te miro ahora, así mismo me miras ahora, pidiendo ayuda a gritos sin si quiera abrir tu boca, sabes lo que te sucede, has perdido las rutas, y ya no viajas sobre ellas, giras sobre ellas, sin saber que hacer. Estás congelado, sin darte cuenta caminas cada vez más cerca del asfalto, al borde del cansancio, del no querer ya más nunca caminar, y pasar a ser parte del camino sin poder ya recorrerlo.

Algún día nos encontraremos otra vez, en las intersecciones de todas esta vueltas, en las que sin darme cuenta también las camino, ¿y quién no?, es como si en el suelo se abriesen grietas giratorias, y uno tan solo caminando, cayera casual y sin vuelta atrás, salvo después de muchas vueltas, en que estaremos en un próximo ciclo, juntos en algún disparate, en alguna singularidad, en algún punto de esta carta.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Solista

En cuanto las luces se apagaron el teatro quedó tan oscuro que no podía ver quien estaba a mi lado, instantáneamente todos, previo un suspiro colectivo, aplaudimos. Incluso los más expresivos, zapatearon gradualmente el suelo, el teatro parecía venirse abajo de pura ansiedad. El telón lentamente se abrió, y tras él iluminada estaba la orquesta, formal, simétrica, limpia, hasta se podía oler sus finos perfume en los primeros asientos de platea. Entró el director y junto a el Florencia, flautista reconocida por la fuerza y limpieza de su sonido, por su virtuosismo, y a mi parecer más que por cualquier otra virtud, su belleza desbordante. Alta y delgada, de esas que el viento mueve tambaleante en su caminar, nunca pude comprender de donde sacaba tanta fuerza en su soplido, quizás ayudaban en algo lo grueso y rojo de sus labios. Tocaba con tanta naturalidad que la flauta parecía una simple extensión de su cuerpo. Siempre que iba a sus conciertos, cerraba los ojos e imaginaba que estábamos solos, ella y yo, en un gran colchón de flores, como una materialización de su nombre, la luna y todas sus estrellas las únicas iluminantes de mi fantasía. Ella desnuda tocaba flauta mientras yo recorría con mis labios su espalda completa, sin olvidar ningún pedazo de piel. Nunca, a pesar de que lo intenté muchas veces, pude imaginarla sin su flauta, por lo que nunca tuve la oportunidad ni en la vida real ni en la vida soñadora de verla sin una flauta en sus manos. Luego de recibir los aplausos especiales del público, y saludar a la primera violinista, el director sube a la tarima, levanta su batuta, y junto con el, en una perfecta sincronización los intérpretes se disponen a tocar, el público espera la entrada del director tan atento como cada uno de los músicos. Por fin deja caer su brazo se escuchan como un murmullo tenue los primeros sonidos, la presentación, una nube densa y tibia que lentamente penetra entre nuestras cabezas, nos envuelve. Todo como un perfecto prólogo al toque solitario de Florencia, o flor como solía llamarle en nuestras conversaciones de atardeceres imaginarios.
La presentación ya comenzaba a parecerme larga, y ya algunos, los más ansiosos, a impacientarnos. El director no daba señales de querer dar la entrada a la flautista, Florencia parecía también estar aburriéndose de esperar. En las primeras filas ya comenzaba a sentirse un murmullo entre los fanáticos de flor, incluso algunos movían sus cabezas para expresar su disgusto, la nube densa se volvía además tensa. Esto lo percibía la violinista primera que de reojo ponía atención a lo que sucedía en primera fila, su rostro cada vez más rojo, nerviosa, la hacía transpirar más de la cuenta.
Una señora gorda y rubia, se puso su abrigo, tomó su cartera, y sin vergüenza y con intención taconeó tan fuerte pudo hasta la puerta del teatro, susurrando insultos dirigidos al director, -¡¡chambón!!- gritó fuerte antes de salir. Algunos aplausos espontáneos e impulsivos le apoyaron. Los guardias entraron y se instalaron en diversos puntos estratégicos para evitar cualquier otro espectáculo sedicioso.
La orquesta seguía sonando, y el director no permitía aún la entrada de la flauta. Flor lo miraba fijo amenazante, exigía el comienzo de su solo. De atrás un viejo tapándose con la bufanda la cara gritó, -¡¡que toque la flauta Florencia!!- y sin ser el director de la orquesta, Florencia sopló con fuerza, y el público respondió con un grito de aliento y aplausos, algunos parados ya sobre sus asientos, la violinista sobrepasada por la intensidad sonora de la flauta se paró llorando y abandonó el teatro, Florencia miró al segundo violinista quien sin bacilar tomó la posición de primer violinista sin ser capaz de esconder su inmensa felicidad. Flor miró al bloque de bronces y les pidió más fuerza, la tuba respondió desde su gran estómago e hizo volar el peluquín de uno de los clarinetistas que estaba más adelante, este avergonzado abandonó también el escenario, mientras su compañeros trataban de contener la risa. La mirada de los músicos ya no estaba puesta sobre el director si no sobre Florencia, quien marcaba las entradas, dinámicas y cortes, el director miró a los guardias y les dio con la batuta la instrucción de reducir a Florencia, los guardias procedieron, en el público organizamos una línea de rebeldes con el fin de obstruir la acción de los guardias. La orquesta sonaba cada vez más fuerte, Florencia movía rápido sus dedos sobre los botones, nosotros abajo peleábamos sin tregua con los guardias. La música se volvía ensordecedora, los niños y ancianos abandonaban corriendo el teatro tapando sus oídos con las manos.
La fuerza de la orquesta, hacía que los pernos que sujetaban las butacas comenzaran a soltarse, las lámparas explotaban al tocar de los platillos, el teatro lentamente comenzaba a venirse abajo, el escenario se hundía, mientras sonaba el acorde final solo se veían los músicos de la cintura hacia arriba, pero Florencia, al contrario estaba suspendida a unos 2 centímetros del aire. De pronto un corte abrupto trajo un silencio súbito y paralizante. Quedamos quietos mirándonos las caras, guardias y rebeldes. El teatro se oscureció completo, solo quedó una luz tenue sobre la solista, Florencia, quien con la flauta pegada a su boca, cayó de espalda al piso. El toque de su cuerpo contra la madera del escenario golpeó hondo en la boca de mi estómago, subí rápido al escenario, saqué su flauta, sus manos estaban frías, entonces junté mi boca con la suya y soplé, soplé largo y fuerte, hasta que acabé con todo el aire que estaba en mis pulmones.