viernes, 15 de mayo de 2009

Chocolate caliente

Quedamos hoy a las 7 de la tarde en el café de siempre. Allí peleamos por primera vez en una noche de catarsis en que ella con sus mejillas bañadas en desconsolado llanto empuñaba el revolver de la descalificación y sin reparo disparaba directo a mi pecho balas bañadas en dolor, que penetraban lentamente para albergarse en él, provocando la incontrolada reacción corporal de votar una mezcla de pena y culpa en forma acuosa por los lagrimales de mis ojos. Desde ese día hasta hoy, cada vez que necesitamos limar alguna aspereza en la relación acudimos a ese café, previo requisito de luna visible de día viernes, que según ella, en caso de que llegasen a faltar palabras bastaba con mirar fijamente la luna hasta encontrar el texto preciso que reflejara plenamente el sentir. Lo de día viernes era porque así teníamos un fin de semana completo para descansar después de esas agotadoras jornadas y volver renovados al trabajo de día lunes. Pero, ese día era distinto, yo estaba decidido a terminar después de 2 años esta siempre intensa e incompatible relación.

Ana era una apasionada poeta, yo era un apasionado ingeniero y juntos nos estorbábamos en la mayoría de las cosas, pero por alguna extraña razón nos amábamos sin límites. Hacía dos meses que yo tropecé con otra mujer, que me impedía concentrarme en las agitadas noches con Ana, y que luego se aparecía como protagonista de interminables sueños eróticos, que me obligaban, las veces que Ana me lo permitía, repetir las coreografías nocturnas en formatos reducidos y matinales antes de partir al trabajo.

En el trabajo me encontraba con Sara, una alumna del curso de experimentos sonoros, con la que llevábamos juntos en el laboratorio un experimento, que terminaba por ocupar mi cabeza por completo, no dejándola descansar nunca más. Sara era todo lo contrario a Ana, de partida era morena, color chocolate a veces confundible según la fuente lumínica con el color vino, pero sus labios independiente de la iluminación conservaban siempre ese color. Nunca pude comprender si me gustaban más sus formas y colores, o el dejarme atrapar por su infinita imaginación que constantemente me invadía con ideas nunca escuchadas y que ante cualquier receptor sonaban impracticables. Sin embargo, por alguna razón al escucharla me hacían absoluto sentido, quizás era que compartíamos esas ganas de desafiar lo establecido, algo típico de joven púber con sueños revolucionarios. Según Ana, pasada la pubertad los sentimientos de rebeldía, motor de la revolución, quedaban olvidados y de no ser así era un aviso explícito de que faltaba aún madurar.

Ese viernes salí como de costumbre tarde del trabajo, pero ya había pensado, mientras Sara me acariciaba completamente mi espalda con sus dedos largos e inquietos, cual sería el cuento que esa noche iba a recitar, incluso lo practiqué frente al espejo del baño excepto la parte final en la que Sara me interrumpió para sumergirnos en 1 hora exacta de acaloradas caricias acompañadas de inacabables y clandestinos besos que terminaban por adormecerme los labios como para no necesitar nunca más hablar.

Una estación antes de llegar al café comienzo a sentir el peso de la mentira, manifestado en una mezcla de nervios y ansiedad, que intentaba olvidar, desquitándome contra mis uñas ya casi extintas. Estación Grecia, se abren las puertas del vagón, bajo apresurado, voy con 5 minutos de retraso, subo corriendo las escaleras con lo que la temperatura promedio de mi cuerpo aumenta de forma excesiva, salgo de la estación y miro hacia el cielo, la luna expectante y luminosa espera ansiosa el comienzo de la función. Entro al café; Juan, mozo cómplice durante dos años de nuestras crisis, me indica disimuladamente que me apure. Ana había llegado 10 minutos antes y ya iba en el tercer chocolate caliente y en el décimo cigarrillo. Saludo a Ana intentando parecer tranquilo, pero contra Ana es difícil mentir, a pesar de que no me dijo nada, sé que me notó más nervioso que cualquier día, entonces fui al baño para repasar el cuento una vez más. El cuento decía, en resumen, que me iría de viaje hacia el norte sin destino fijo y sin regreso planeado. Si le contaba de Sara seguro caería en una profunda crisis de pánico, que luego se convertiría en un horrible estado de depresión bipolar, que la llevaría indudablemente a la muerte, pues esta vez no estaría yo para detenerla a tiempo.

Vuelvo del baño listo para iniciar el relato, pero una lágrima escapa de su ojo derecho y resbala a gran velocidad por su mejilla estrellándose sobre su blanca mano que tiritaba a un costado de la taza de chocolate. –ya lo sé, tienes otra mujer- me dice prendiendo el onceavo cigarro, yo la miro mudo como esperando que de pronto en el suelo se abra un agujero bajo mi silla seguida de un tobogán de forma espiral por el cual resbale con rapidez para caer acostado en la cama de Sara y poder cobijarme en la oscuridad de su largo y silencioso cuello. Miro la luna a ver si encuentro allí algún escape, imagino que me elevo hacia a ella atraído casi magnéticamente por su luminosidad, pero la mano fría de Ana me toma y me devuelve de un violento tirón al escenario real, yo sentado inmóvil frente a ella que llora extrañamente con absoluta calma. Le hace un gesto a Juan quien me sirve otro chocolate, que sin demora comienzo a tomar, Ana me mira, me acaricia mientras termino en 3 sorbos de tomar el chocolate, esta vez con merengue y más dulce que de costumbre. Ana comienza a acercar con ímpetu su cara hacia la mía como queriendo chocar inelásticamente contra mis labios, sobrepasando el obstáculo de la mesa que nos mantiene distantes. De a poco nuestros cuerpos se van acercando y con la absoluta complicidad de Juan y la luna nos besamos como sabiendo que nunca más lo volveríamos a hacer. Su respiración es intensa, siento que me mancha con su olor característico mezcla de cigarro, perfume, y chocolate que jamás podría olvidar.

Ana no para de besarme, lo hace ya con excesiva fuerza, comienza a lastimarme, yo comienzo a sentirme mal, siento ganas de vomitar, la empujo con fuerza y cae sentada en la silla, respira profundamente como si no quisiera volver a exhalar, cuando entonces por la ventana aparece Sara que al verme entra al café. Intento mover los brazos rápidamente de arriba hacia abajo a ver si logro elevarme como un pájaro y arrancar volando por la ventana del segundo piso, Juan salta tras la barra y coge una pistola, apunta a Sara quien se queda inmóvil, pidiendo a gritos mi auxilio. Ana aún llorando se acerca a Juan, Juan la toma de la mano y la abraza sin dejar de apuntar a Sara, Ana se siente cobijada, y se esconde en su cuello. Sara tirita, me acerco a ella a ver si sobre Juan pesa un arrepentimiento, pero su brazo no vacila y dispara. Vi la bala salir del tubo de la pistola y volar como en una secuencia fotográfica directo hacia el cerebro de Sara que penetrado por la bala reventó sobre mi ropa, induciendo en mí el vómito que de hace un rato me amenazaba.

Envuelto en un llanto descontrolado, loco de pena abandoné el café al que prometí nunca más volver, la luna no me dejó de alumbrar durante todo el trayecto a casa a la que Ana nunca más volvió.

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