En cuanto las luces se apagaron el teatro quedó tan oscuro que no podía ver quien estaba a mi lado, instantáneamente todos, previo un suspiro colectivo, aplaudimos. Incluso los más expresivos, zapatearon gradualmente el suelo, el teatro parecía venirse abajo de pura ansiedad. El telón lentamente se abrió, y tras él iluminada estaba la orquesta, formal, simétrica, limpia, hasta se podía oler sus finos perfume en los primeros asientos de platea. Entró el director y junto a el Florencia, flautista reconocida por la fuerza y limpieza de su sonido, por su virtuosismo, y a mi parecer más que por cualquier otra virtud, su belleza desbordante. Alta y delgada, de esas que el viento mueve tambaleante en su caminar, nunca pude comprender de donde sacaba tanta fuerza en su soplido, quizás ayudaban en algo lo grueso y rojo de sus labios. Tocaba con tanta naturalidad que la flauta parecía una simple extensión de su cuerpo. Siempre que iba a sus conciertos, cerraba los ojos e imaginaba que estábamos solos, ella y yo, en un gran colchón de flores, como una materialización de su nombre, la luna y todas sus estrellas las únicas iluminantes de mi fantasía. Ella desnuda tocaba flauta mientras yo recorría con mis labios su espalda completa, sin olvidar ningún pedazo de piel. Nunca, a pesar de que lo intenté muchas veces, pude imaginarla sin su flauta, por lo que nunca tuve la oportunidad ni en la vida real ni en la vida soñadora de verla sin una flauta en sus manos. Luego de recibir los aplausos especiales del público, y saludar a la primera violinista, el director sube a la tarima, levanta su batuta, y junto con el, en una perfecta sincronización los intérpretes se disponen a tocar, el público espera la entrada del director tan atento como cada uno de los músicos. Por fin deja caer su brazo se escuchan como un murmullo tenue los primeros sonidos, la presentación, una nube densa y tibia que lentamente penetra entre nuestras cabezas, nos envuelve. Todo como un perfecto prólogo al toque solitario de Florencia, o flor como solía llamarle en nuestras conversaciones de atardeceres imaginarios.
La presentación ya comenzaba a parecerme larga, y ya algunos, los más ansiosos, a impacientarnos. El director no daba señales de querer dar la entrada a la flautista, Florencia parecía también estar aburriéndose de esperar. En las primeras filas ya comenzaba a sentirse un murmullo entre los fanáticos de flor, incluso algunos movían sus cabezas para expresar su disgusto, la nube densa se volvía además tensa. Esto lo percibía la violinista primera que de reojo ponía atención a lo que sucedía en primera fila, su rostro cada vez más rojo, nerviosa, la hacía transpirar más de la cuenta.
Una señora gorda y rubia, se puso su abrigo, tomó su cartera, y sin vergüenza y con intención taconeó tan fuerte pudo hasta la puerta del teatro, susurrando insultos dirigidos al director, -¡¡chambón!!- gritó fuerte antes de salir. Algunos aplausos espontáneos e impulsivos le apoyaron. Los guardias entraron y se instalaron en diversos puntos estratégicos para evitar cualquier otro espectáculo sedicioso.
La orquesta seguía sonando, y el director no permitía aún la entrada de la flauta. Flor lo miraba fijo amenazante, exigía el comienzo de su solo. De atrás un viejo tapándose con la bufanda la cara gritó, -¡¡que toque la flauta Florencia!!- y sin ser el director de la orquesta, Florencia sopló con fuerza, y el público respondió con un grito de aliento y aplausos, algunos parados ya sobre sus asientos, la violinista sobrepasada por la intensidad sonora de la flauta se paró llorando y abandonó el teatro, Florencia miró al segundo violinista quien sin bacilar tomó la posición de primer violinista sin ser capaz de esconder su inmensa felicidad. Flor miró al bloque de bronces y les pidió más fuerza, la tuba respondió desde su gran estómago e hizo volar el peluquín de uno de los clarinetistas que estaba más adelante, este avergonzado abandonó también el escenario, mientras su compañeros trataban de contener la risa. La mirada de los músicos ya no estaba puesta sobre el director si no sobre Florencia, quien marcaba las entradas, dinámicas y cortes, el director miró a los guardias y les dio con la batuta la instrucción de reducir a Florencia, los guardias procedieron, en el público organizamos una línea de rebeldes con el fin de obstruir la acción de los guardias. La orquesta sonaba cada vez más fuerte, Florencia movía rápido sus dedos sobre los botones, nosotros abajo peleábamos sin tregua con los guardias. La música se volvía ensordecedora, los niños y ancianos abandonaban corriendo el teatro tapando sus oídos con las manos.
La fuerza de la orquesta, hacía que los pernos que sujetaban las butacas comenzaran a soltarse, las lámparas explotaban al tocar de los platillos, el teatro lentamente comenzaba a venirse abajo, el escenario se hundía, mientras sonaba el acorde final solo se veían los músicos de la cintura hacia arriba, pero Florencia, al contrario estaba suspendida a unos 2 centímetros del aire. De pronto un corte abrupto trajo un silencio súbito y paralizante. Quedamos quietos mirándonos las caras, guardias y rebeldes. El teatro se oscureció completo, solo quedó una luz tenue sobre la solista, Florencia, quien con la flauta pegada a su boca, cayó de espalda al piso. El toque de su cuerpo contra la madera del escenario golpeó hondo en la boca de mi estómago, subí rápido al escenario, saqué su flauta, sus manos estaban frías, entonces junté mi boca con la suya y soplé, soplé largo y fuerte, hasta que acabé con todo el aire que estaba en mis pulmones.
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