De un tiempo a esta parte, pareces estar extraviado, parado sin saber en cuál de todos los círculos de siempre, parado sin saber cómo ni donde ir, y no habiendo respuestas, te aventuras por cualquiera, sin poner atención a tu sentir, como si fuesen ríos sobre los que te dejas llevar, sin preguntarte que peces trae, o como no queriendo sentir el agua fría y el golpear de las piedras en tu cuerpo.
Y es que las cosas no son tan simples como seguir el curso del azar, pues eso es desaprovechar un cerebro, y en tu caso eso es un poco mucho. Entiendo, después de largas conversaciones, que a veces un excesivo razonamiento sobre cuestiones mas sentimentales te hace girar sobre caminos ociosos de trayecos símiles.
Recordaba ayer, el día en que borrachos volvíamos a casa, el mismo día que festejamos el cumpleaños de Vitalia y del que nos echaron por bailar juntos y abrazados en el centro del lugar como un florero vanguardista que nadie pudo mirar con buenos ojos, sobre todo Noelia, tu novia y alumna preferida del curita Bartolo, que era sin duda la más ofendida. Al salir arrancando de la tropa de homofóbicos que venían persiguiéndonos al grito de ¡maricas!, Noelia nos tiró una botella llena de ron que tu supiste muy bien atajar. Corrimos rápido y doblando en cada esquina para poder perderlos, bastaron 4 vueltas y algo así como 6 cuadras, según tus estimaciones casi maniáticas de contabilizarlo todo, abrimos la botella y la tomamos completa y pura. No me acuerdo cuanto después, ni después de que, vimos a lo lejos un campamento gitano explotado en fiesta. No dudamos en acercarnos, a pesar de todo lo que el cura Bartolo decía de los gitanos, incluso esa era razón de sobra para acercarse, ese infinito placer de hacer lo contrario a sus consejos y convencernos una y otra vez de su sin razón. Fuimos bien recibidos, comida, alcohol, música, y bellas mujeres, ¡que bellas mujeres!, blancas, pintadas, sonrientes, de ojos apasionados, de anillos, collares, aros, y cuanto adorno metálico se pudiera tener. Nunca las olvidé, y ni siquiera nos atrevimos a hablarles. Más tarde ellas dedicaron a los hombres un baile, que nosotros presenciamos sentados en muy primera fila, las mujeres bailando a menos de un metro, y la banda tocando tras nosotros. Justo sobre mi cabeza se habría el fuelle del acordeón, nunca imaginé que ese piano cuncuna pudiera sonar tan fuerte, quizás era un acordeón también enamorado de todas esas mujeres, y que a punta de agua ardiente les gritaba melodías para moverlas.
En eso unas 10 camionetas a gran velocidad llegaron al lugar, eran policías, salieron de sus autos y desenfundaron sus pistolas, todo el mundo arrancó a sus carpas, salvo 4 gitanos que se enfrentaron a ellos, comenzó una balacera, corrimos a distintas carpas, yo me fui tras una morena ofreciendo de todas las ayudas, hasta le pasé mi chaqueta mientras corríamos, como si fuese un impedimento al penetrar de las balas, pero bien, era una buena excusa para tocarla, o volver otro día por ella, y quizás algún agradecimiento especial, quien sabe. Tú no corriste conmigo, corriste seguro tras otra gitana, pero no te acuerdas siquiera si corriste. Comencé a buscarte carpa por carpa, hasta que te encontré, tirado en el suelo y rodeado de 4 gitanas, una de ellas muy vieja, te miraba con ojos clínicos, seguro era una curandera, y decía unas palabras en gitano que nunca supe descifrar. Siempre que veía a un gitano le preguntaba que significaban, y me respondían que esas palabras, no existían. Estabas ensangrentado, una bala te había dado por la espalda, esa policía tan experta en disparar a las espaldas, te había dado certero, estabas preocupado, no entendías nada, y sentías una desesperación por entender, sabiendo que no había explicación que valiera tranquilidad, sabiendo que estaba todo mal, pero no entendiendo precisamente qué estaba mal, y entonces, no sabiendo qué hacer. Me miraste como un perro, esperando leer en mi alguna respuesta, fuera un que o un como, fuera un donde y a que, fuera un abrazo, o una sonrisa, una confianza, un grito. Me miraste acostado y ensangrentado, sin posibilidades de moverte, me miraste desorientado sin saber que hacer, tus ojos estaban miedosos, nuca los había visto así, y sin embargo sabía sin dudas que así lo era, estabas echo miedo, pero no lo sentías, ni siquiera lloraste, ni gritaste, simplemente estuviste quieto esperando que el cielo te diera una nube, incluso esperaste a dios, sabiendo siempre que no existía, incluso esperaste a que los árboles del bosque te vinieran a buscar para ponerte en sus raíces cumpliendo tu sueño de volverte tierra negra, húmeda y fértil.
Así mismo te miro ahora, así mismo me miras ahora, pidiendo ayuda a gritos sin si quiera abrir tu boca, sabes lo que te sucede, has perdido las rutas, y ya no viajas sobre ellas, giras sobre ellas, sin saber que hacer. Estás congelado, sin darte cuenta caminas cada vez más cerca del asfalto, al borde del cansancio, del no querer ya más nunca caminar, y pasar a ser parte del camino sin poder ya recorrerlo.
Algún día nos encontraremos otra vez, en las intersecciones de todas esta vueltas, en las que sin darme cuenta también las camino, ¿y quién no?, es como si en el suelo se abriesen grietas giratorias, y uno tan solo caminando, cayera casual y sin vuelta atrás, salvo después de muchas vueltas, en que estaremos en un próximo ciclo, juntos en algún disparate, en alguna singularidad, en algún punto de esta carta.
Como te comenté, muy buen cuento, Patricio. :P
ResponderEliminarBienvenido al egocéntrico mundo de los bloggers. XD Si algún día quieres leer de cosas y videojuegos, ya sabes. XD